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21.12.10

Los Niños del Abismo(Cap. 11)



- 11 -

Hacía frío en aquel túnel, lo recuerdo bien; la semioscuridad era bastante abrumadora para alguien de mi edad, incluso para Josselyn lo era; sin embargo ella aparentaba no demostrar temor alguno, supongo que era mejor así, sé que si ella lo hubiera demostrado yo no me hubiera atrevido a seguir un centímetro más adentro de aquella tétrica caverna.

- ¿Qué es este lugar Josselyn? – le pregunté tratando de aclarar mi voz la cual se quebraba por el miedo que sentía.

- No lo sé, pero muchos de los chicos de aquí supuestamente fueron adoptados, solo espero hallar a Andrés pronto.

Caminamos por un tiempo indefinido en aquella eterna semioscuridad, hasta que hallamos una sombra solitaria que se mecía de un lado a otro en una esquina de aquella cueva, al principio no lo distinguimos bien, ninguno de los chicos que trabajaban en aquel lugar parecía tomarnos en cuenta, para ellos éramos invisibles, sin embargo aquel muchacho pareció reconocernos a pesar de la poca luz. No dijo nada, solo nos saludo, y sonrió.

- ¡Andrés! – exclamó en un susurro suave Josselyn mientras corría entre los demás chicos que escarbaban la tierra.

Yo también sonreí. El estaba vivo, sin su flauta pero vivo; caminé hacia él tratando de alcanzarlos, estar con ellos y abrazarlos pero un terrible dolor en mi cabeza me impidió caminar más; todo se fue oscureciendo, de aquel momento recuerdo poco, flashes tan solo: Josselyn corriendo hacia mí preocupada, Andrés contra la pared con una asustada expresión, una mano como garra sosteniéndome y finalmente sangre cayendo ante mis ojos para finalmente caer en una infinita oscuridad.

- ¿Qué pasó?, ¿Qué sucedió después? – exclamó Jackie.

Manuel Sonrió.

- Ten paciencia, ¿Quieres que lance el plato principal sin disfrutar por completo el entremés? – preguntó este acomodándose en su silla.

- Tiene razón – dijo ella entendiendo aquella curiosa pregunta – siga por favor, lo escucho.

La oscuridad pudo durar una eternidad por lo que sabía; solo sé que al despertar me encontraba atado a una silla, estaba solo o por lo menos eso creía yo, podía escuchar el chisporrotear del fuego, una chimenea me calentaba; apenas podía ver bien y aunque tenía la vista nublada traté de buscar a Josselyn y a Andrés en aquel lugar, pero no los encontré.

- No están aquí – me dijo una voz que no reconocí al principio.

- ¿Quién, quién está ahí?

- Ten calma muchacho – me respondió acercándose a mí, mostrándose ante mí, sonriente – siento mucho lo de tu cabeza, tuve que hacerlo para que vinieras aquí sin ningún inconveniente.

- ¡Tú! – exclamé al ver al Conde sonriente y pulcro sosteniendo con ambas manos el bastón con el que me había golpeado - ¿Qué demonios está sucediendo aquí?

- ¿Aquí?, ¡oh! Mi querido muchacho en estas tierras, en este mundo sucede demasiado para ser contado en el poco tiempo que tenemos, en cualquier caso si fueras otro me hubiera asegurado de desaparecerte como a los demás que se interpusieron en mi camino, pero tú eres diferente, me recuerdas a mí cuando tenía tu edad.

- No, no soy nada como tú, yo no estoy loco – exclamé.

- ¿Loco?, eso depende del punto de vista, lo que a ti te parece locura a cualquier otro le puede parecer genialidad, déjame meditar en tu situación, eres un exiliado de sangre azul, un noble entre la escoria sin embargo tu propia familia te rechazó.

Las palabras del Conde calaban en mi corazón como un puñal en mi pecho, no podía negar nada de lo que decía, solo retorcerme en mis ataduras evitando que el llanto emergiera de mis ojos.

- Estoy llegando a una fibra delicada – sonrió el Conde levantando mi rostro y observándolo – como verás nos parecemos más de lo que crees mi niño, en casi todo; excepto que yo no me detendré ante nada para obtener lo que deseo.

- ¿Y qué mierda quieres, qué justifica toda esta pesadilla?

- ¡Venganza por supuesto! – exclamó – un secreto me fue confiado cuando estudiaba confinado en un monasterio, alejado de mi familia, despreciado por ser el hijo de un conde y una de sus criadas, ahí descubrí la llave para abrir una puerta que me brindará poder y eternidad – el Conde abrió sus ojos mientras se vislumbraba un dejo de locura en sus pupilas – si, aun recuerdo bien las palabras de ese libro:

La media luna: señor de la noche perpetua; La estrella: señor de la luz agonizante; El ave negra: el señor de los huesos calcinados; El ojo: el señor de la última mirada; La flor: el señor del silencio perpetuo; La mariposa: el mensajero del fin. Los símbolos de aquellos seres estarán a flor de piel…

- ¿De qué demonios está hablando? ¿Qué es lo que pretende en verdad y por qué aquí?

- Esa es una historia muy larga, veras…

- ¡Conde! – exclamó una voz profunda y tétrica que lleno todo el salón en el que yo y aquel sujeto nos encontrábamos – ya ha dicho suficiente, por favor deje la habitación.

- Si, si, tienes razón debo retirarme, estoy tan cansado – susurró el Conde secándose el sudor de su cabeza mientras se encaminaba lentamente fuera de mi visión.

Una sombra oscura se apoderó de la habitación, incluso el fuego que calentaba la estancia húmeda se apagó y el lugar quedó en una azulada oscuridad. Mi piel sudada por el calor del lugar se fue enfriando cuando aquella sombra se acercó hacia mí.

- Veo que al fin alguien descubrió nuestra pequeña maniobra, sin embargo nunca pensé que fueras tú – dijo aquella sombra sonriéndome desde la oscuridad.

- ¡Tú! – exclamé, sorprendido al ver al joven asistente del Conde con la escasa luz que quedaba.

El me observó sonriente con su mirada fría y sin vida mientras esbozaba aquella tétrica sonrisa.

- Los mortales no entienden la verdadera medida del universo, se limitan a sus absurdas historias y se dejan manipular por otros humanos más poderosos – reflexionaba, mientras observaba cada uno de los objetos de la habitación.

Lo examiné con mi mirada, intrigado por su acción y las palabras que me había dicho recién, trataba de entender los motivos por lo que hacía todo esto, pero no lo entendía por completo, ¿ambición, venganza? Era difícil saber.

- ¿Qué quieres?, ¿Qué eres? – pregunté finalmente.

El me sonrió más. Fue una sonrisa vacía y malévola, al punto que casi me orino del miedo.

- ¿Qué quiero? – me repreguntó – lo que todos quieren: libertad; y sobre qué soy, pues, la respuesta es mucho más complicada de lo que crees, ¿de veras quieres la respuesta a la segunda pregunta?

Tragué saliva y me quedé en silencio pensando por unos segundos hasta que finalmente dije:

- Sí, quiero saberlo.

- Tienes el honor de que me presente ante ti, en eones no lo he hecho ante humano alguno; en épocas pasadas me llamaban Zulkuk, el devorador de almas, fui uno de los Dioses elementales en el gran principio que gobernaban grandes extensiones del universo oscuro; nuestra presencia solo era distinguible por nuestras marcas sagradas, hasta la gran batalla en la que perdimos nuestro corazón que era de uno y de todos – susurró finalmente, mientras su mirada se perdía en recuerdos estremecedores.

La habitación se sintió un poco más fría que antes y su piel pálida parecía casi transparente, podía apreciar sus venas y arterias con gran facilidad.

Mi cuerpo se estremeció ante la presentación de aquel ser, había develado su secreto ante mí sin ningún preámbulo destruyendo los preceptos con los que había sido criado, se me hacía difícil captar las palabras de aquel ser y no asociarlas con Satanás y Jesucristo; después de todo aun era un niño y era demasiado para mí entender todo lo que había visto y escuchado hasta el momento.

- Se te hace difícil entenderlo, ¿verdad? – me dijo finalmente Zulkuk acercándose a mi rostro, al punto que pude sentir su fétido aliento en mis fosas nasales.

- Yo… si… no lo entiendo, por favor déjeme en paz – balbuceé.

- Por supuesto que no lo entiendes, eres tan solo un pequeño y un humano además.

- Debo admitir que a pesar de los años aun se me hace difícil entender sus palabras y la explicación que dio a continuación.

- Por siglos lo he buscado, condenado a permanecer en estas tierras, lejos de los míos pero ahora que estoy tan cerca no permitiré que nadie se interponga así tenga que usar el poco poder que me queda para frenarlos – masculló arrodillándose ante el congelado fuego y observándolo con una extraña fascinación.

- ¿Qué es lo que buscas que valga la pena toda esta pesadilla?

- Mi corazón niño, busco mi corazón; muchos lo conocen como un amuleto, pero dicho objeto aparte de dar infinito poder a su poseedor, me dará la oportunidad de abrir la puerta que separa ambos mundos para unirlos otra vez como uno solo. ¡Pronto los grandes colosos olvidados regresarán a traer paz y justicia a los impíos! – exclamó con notable excitación en todo su ser.

- Estás loco, eso que quieres hacer es malo, la gente se dará cuenta, te detendrá – susurré asustado.

El me miró sorprendido por mis palabras y trató al principio de contener su risa, pero finalmente no pudo más y estalló en una sonora carcajada para luego calmarse y sentarse en una silla al frente de mí y observarme con fascinación.

- He estado buscándolo por más de tres mil años, ¿crees que alguien se ha dado cuenta?, los humanos son demasiado estúpidos; en este momento el presidente de este país ha llevado a su población a una desesperación casi total y está al punto de una enfrentamiento armado, nadie se daría cuenta de mi surgimiento, están muy ocupados con sus propias patéticas vidas.

Tragué saliva y lo miré de forma dura; supe en ese momento que tenía razón pero no lo quise admitir solo permanecí en silencio, hasta que recordé a mis amigos.

- ¿Dónde están Josselyn y Andrés?, ¿Qué has hecho con ellos?

Mi pregunta pareció divertirlo de nuevo y levantándose de la silla en la que se había sentado tomó una copa de brandy y luego de probar el licor se despidió de mí con un “buenas noches” para luego cerrar la puerta con llave y dejarme en la oscuridad de aquella habitación con aun más preguntas que al principio.


18.10.09

Los Niños del abismo (Capitulo 2)

-2-

“No estoy seguro de quién fui, solo sé que cuando pisé éste edificio no sabía nada más y dudaba de todo y de todos; mis padres habían muerto y mis abuelos paternos que eran mi única familia no me querían, ellos tenían una casa a algunos kilómetros de aquí pero esa casa estaba vacía, les pertenecía pero por alguna razón que desconozco ellos preferían vivir en la capital y no en esta ciudad, apenas tenia ocho años y mi futuro parecía más oscuro cada vez, por donde lo mirase...”

Mientras el viejo mencionaba esta introducción a la muchacha, el vino tinto caía dentro de las copas haciendo un curioso sonido en aquel silencioso recinto y trayendo todos los recuerdos del anciano a su cabeza

“Recuerdo ser guiado por un muchacho de apenas veinte y pico de años de rostro pálido a través de una gran construcción en la que pude ver en una placa de mármol una imagen de Jesús con niños alrededor y una frase: <<>> esa placa de mármol es lo único que queda de aquellos días, eso y mis recuerdos:”

- Este es el muchacho del que le hablé, señor conde – dijo un joven mientras me sostenía de la mano izquierda, al tiempo que con mi derecha sujetaba fuertemente un peluche viejo.

- Así que este es Manuel, ¿eh? – dijo el caballero, quien a mi parecer lucía extremadamente anciano; con el tiempo me daría cuenta que no era tan viejo como pensaba – no te asustes mi niño, sé que esto es mucho para alguien como tu, solo trata de estar tranquilo; nada malo te sucederá, ahora estás entre amigos.

Yo hesité en ese momento, la sala donde había ingresado era inmensa y una gran chimenea calentaba el lugar, el cuarto se veía acogedor en extremo y lo complementaba la alfombra de pared a pared y la música que provenía de la victrola, el antecesor del equipo de sonido.

Extendí mi mano con una inmensa timidez soltando la del joven que me había acompaño desde el hospital hasta aquella inmensa casa y traté de esbozar una sonrisa, pero los puntos de las heridas aun estaban frescos y al tratar de sonreír solo pude soltar unas lagrimas de dolor.

- Ten calma mi niño, estás en casa ahora.

- Casa... – fue lo único que atiné a balbucear al tiempo que el joven me llevaba al patio interior fuera de la oficina de aquel elegante caballero.

- Te acomodaremos aquí por un tiempo Manuel, pronto te sentirás mejor – me dijo el joven, si embargo yo estaba más distraído por la inmensa luna llena que emergía de aquella noche estrellada, la cual parecía vigilar el singular edificio donde me encontraba.

Fui conducido a través de escaleras de cemento por un pasillo largo, hasta llegar a una puerta, en la habitación que estaba detrás de esta una luz aun estaba encendida; al abrir la puerta, el chirrido alertó a quienes estaban adentro y las risas y gritos en su interior cesaron de improviso.

Rostros infantiles se detuvieron observando al joven que me acompañaba y a mí mismo con extrema curiosidad mientras la luz de las velas les iluminaba el rostro.

- Siento interrumpirlos muchachos, pero les traigo un nuevo huésped para su cuarto – dijo el joven mientras me empujaba ligeramente al interior de aquella gran habitación.

- Es el nuevo que dijo el conde que vendría, ¿cierto? – preguntó un chico delgaducho y de mirada dura al tiempo que me examinaba de pies a cabeza.

- Así es Jorge, se llama Manuel, espero que lo hagan sentir en casa.

- No se preocupe señor, lo haremos sentir en casa – respondió un pequeño de cabello rubio y ojos saltones al tiempo que le guiñaba un ojo de manera cómplice a quien me acompañaba.

- Bien, pues los dejo para que se vayan conociendo. Tu cama es la de allá Manuelito, recuéstate mañana será un día ajetreado para ti – dijo el joven mientras me señalaba una mullida cama bien ordenada y lista para recibir un nuevo inquilino.

Caminé lentamente mientras sostenía con ambas manos mi bolso con tanta fuerza que parecía que se fundiría con mi cuerpo y con cada paso mi corazón parecía latir a mil por hora.

Todos los muchachos del amplio cuarto me miraban con extrema curiosidad mientras caminaba en medio del corredor de camas, algunos lo hacían de reojo mientras permanecían acostados, otros se habían sentados sobre sus camas para observarme mejor y algunos otros ni siquiera se habían interesado en observarme y permanecían dormidos profundamente; finalmente llegué a la cama señalada pero tenía miedo de subir a ella cuando una mano delgaducha me tomó del hombro sacándome de mis meditaciones y empujándome a la cama, no con furia o desgano sino de una forma amable y gentil, era el chico flacucho al que habían llamado Jorge.

Me estaba sonriendo, aunque a pesar de su sonrisa lo que más me impresionó fue su mirada la cual tenía una extraña mezcla de rudeza y ternura que me hizo temblar más que calmarme; tuve miedo de pronto ante aquella bizarra situación de en un momento a otro perder todo lo que había amado y vivir en un extraño lugar al que cada paso parecía una amenaza constante para mi.

- Estarás bien – me dijo el joven mientras me empujaba a mi cama – el lugar no es tan malo siempre que tengas los conocidos adecuados.

Aquella frase me intrigó en extremo, mas, preferí no preguntar solo me arrastré a mi cama a tratar de dormir aferrado aun a las pocas cosas que podía llamar mías.

No transcurrieron más de dos minutos de haberme acostado, cuando sentí unas manos frías sostenerme y arrancarme de la cama donde dormía; aquellas manos se volvieron en innumerables sombras en una noche inusualmente oscura, todo el edifico estaba en prácticamente absoluta oscuridad y no había ruido alguno a excepción de alguno que otros grillo lanzando su canto nocturno, mi corazón latía a mil por hora, hacía tan solo unos días había visto los cadáveres reventados de mis padres contra una calle de tierra y apenas hacía unas horas mi única familia había decidido olvidarme enviándome aquí; ahora cuando ya me sentía en casa y pensaba que podía dejar toda esa pesadilla atrás manos oscuras me agarraban y arrastraban a algún lugar desconocido.

- ¡No! Déjenme – grité, sin embargo una de esas manos me tapó la boca con una cinta para evitar que siga gritando.

- Sshhh, tranquilo esto pasa con todos – me dijo una de las sombras, mientras me arrastraba al patio interior y me sentaban en una silla en medio de este para luego alejarse del lugar.

Pasaron unos minutos; largos minutos que parecieron horas en donde me encontraba solo yo sentado en una silla, con una cinta tapándome la boca y con las manos y pies amarrados sin que nadie dijera nada de la razón por la que hacían eso. Finalmente gruesas lagrimas empezaron a caer de mis ojos, la presión era demasiada y la única forma de sacar el dolor era llorando; no paré de llorar, ni siquiera cuando todas las luces interiores del edifico se encendieron iluminándome y todos los niños y niñas del lugar se encontraban allí asomados riendo a carcajadas mientras me observaban llorar.

La risa aumentaba y ahogaban mis gemidos lastimeros. Cada risa parecía una explosión de hilarante felicidad por el sufrimiento que observaban en mis ojos, parecía que esa tortura duraría por siempre, pero inesperadamente todas las carcajadas se detuvieron de improviso.

Del lado izquierdo del gran patio bajó alguien; mis ojos llenos de lágrimas me hacían difícil distinguir quién era, descendió de entre el grupo de personas que me observaban riendo y al bajar la escalera hasta el patio interior pude observarla mejor, era una niña, no parecía tener más edad que yo, sus ojos café claro se iluminaban con fiereza al observar a los que se encontraban alrededor de los balcones y su pelo oscuro volaba con el viento.

Quería memorizar su rostro, recordar quién era ella para, tal vez agradecerle que acabara con esta tortura, pero mis ojos llenos de lágrimas apenas podían distinguir los rasgos ya mencionados. Ella se acercó, observó a todos a su alrededor con una mirada que solo podía pensar que era furia y finalmente se arrodilló ante mí y me desató.

- Estás bien – me dijo sin siquiera inmutar su rostro que permanecía inexpresivo, a excepción de sus ojos en los que podía adivinar algo de rencor y furia.

Mi primer instinto fue tratar de abrazarla, pero ella me apartó de inmediato, me tomó de la mano y me condujo hasta el cuarto, me acostó y luego de arroparme me dijo:

- Todo estará bien por la mañana, trata de dormir.

Su voz tranquilizó mi corazón y mi cuerpo se relajó, otra vez caía en el profundo sueño y aquel extraño ritual de tortura nocturna se empezaba a asemejar más a una pesadilla que a algo real.

- Mi nombre es Josselyn, siempre podrás contar conmigo – fue lo último que recuerdo de aquella primera noche, antes de caer en el más profundo sueño que jamás haya tenido o tuve desde que nací.

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