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15.12.22

La venganza del escritor

 


Hace mucho tiempo, cuando el internet era joven, existía un escritor de historias de terror quien a pesar de su talento y buen corazón no había obtenido el éxito soñado. Publicaba en blogs y páginas web, en revistas y antologías como un río de perturbadora imaginación. Sus familiares, en lugar de apoyarlo, lo humillaban, sus supuestos amigos se aprovechaban de él; con cada momento feliz en su vida de artista, gente despreciable emergía para humillarlo o utilizarlo.



- Ya publicaste tu historia, ahora consigue un trabajo porque a pesar de todo morirás de hambre – le comentaba un tío cuando publico su primer libro de cuentos.

- Ahora que estás mejorando en esta tontería de escribir, podrás prestarme algo de dinero, ¿No? Te lo devolveré muy pronto – le dijo un supuesto amigo que solo se presentó a uno de sus eventos cuando supo que estaba ganando dinero por sus historias.

- ¿Puedo quedarme en tu casa? Solo será un par de días – le proponía otra persona quien había planeado robarle en cuanto tuviera algo de valor que poder arrebatarle.



Lentamente, como un veneno que se diluye en el alma, las palabras crueles y las acciones egoístas de quienes se decían sus amigos fueron impulsando el buen corazón del autor a los abismos insondables de la locura.  A pesar de todo el escritor seguía creando historias hasta que en una cruel sucesión de eventos perdió su fuente de ingresos, su hogar y la fría mano de la muerte se llevó a los pocos familiares que aun lo apoyaban situación que aprovecharon familiares traicioneros, amigos interesados y parejas crueles quienes utilizaron mentiras y otras viles acciones para arrancarle lo poco de valor que aun le quedaba, obligándolo a dormir en callejones y acosado por acreedores


Encerrado en una casa derruida, harto de haber experimentado tanto sufrimiento, empezó a planear su venganza.


Primero con papel y lápiz, luego con una vieja laptop que rescato de la basura fue escribiendo una nueva historia de terror con la intención de perturbar a cualquiera que se atreviese a leerla. Cuanto más redactaba su ira reprimida se iba reflejando en las palabras y quienes lo leían, aunque sea por accidente, se sentían aterrorizados por la historia.



- ¡Esta lista! – exclamo el autor una madrugada en medio de basura e inmundicia.



Dispuesto a consumar su venganza y valiéndose del internet público disponible, accedió a toda página web, fórum, blog o grupo en el ciberespacio en el que fuera posible plasmar su nueva obra para que cualquiera pudiera leerla. Pero lo que el escritor desconocía hasta ese momento es que ese cuento de horror no era solamente eso, sino que al plasmar todo ese rencor en ella se transformó en una maldición. Al principio la historia pareció volverse muy popular, pero medida que más personas la leían comenzaron a ser afectados por las mismas desgracias que él había sufrido. Amantes se alejaban de la noche a la mañana, familiares morían de extrañas maneras, la locura se apoderaba de sus conocidos o simplemente enfermedades incurables aparecían de la noche a la mañana, entre otros terribles sucesos.


En poco tiempo la situación del artista fue mejorando, mientras que personas a su alrededor, e incluso fuera de su país, caían en desgracia en circunstancias muy parecidas a las que él sufrió en su momento, percatándose que el haber propagado aquel relato fue un terrible error. Desesperado intentó eliminar la historia de los lugares donde las publico, pero ya era demasiado tarde. El cuento se había vuelto viral. A partir de ese instante el autor vivió en medio de riquezas, pero en el más absoluto miedo, sabiendo que había sido él quien sin proponérselo causo tanto dolor y sufrimiento para todo el que leyera esta historia.




25.12.10

Los Niños del Abismo(Cap. 12)


-12-

El anciano se quedó en silencio observando, perdido, sus manos llenas de cayos y arrugas mientras meditaba en lo que acaba de decir.

- ¿Qué sucedió después? – insistió Jackie.

- Es difícil recordar ciertos detalles – masculló mientras elevaba su rostro observando la compungida cara de la joven – todo parece un sueño y a veces una pesadilla, sin embargo fue real.

- Por favor, Manuel, dígame qué pasó

Jackie acercó su asiento más cerca del viejo mientras este suspiraba tratando de recordar más sobre aquel incomodo pasado, mientras el viento húmedo y frío anunciaba que la noche se acercaba.

La habitación estaba en absoluta oscuridad, lo recuerdo ahora; mis ataduras estaban aprisionándome tan fuerte que por momentos sentía como me cortaban la circulación; sin embargo sabía que debía hallar a Josselyn y a Andrés, algo en mi interior me decía que lo hiciera antes de que fuera tarde. Traté de liberarme moviéndome de un lado a otro hasta que finalmente la silla perdió su balance y cayó al piso.

Sentí un suave alivio en mí y un dolor punzante unos segundos después, supe que estaba herido pero que me había liberado. No pensé en mi herida. Pensé en mis amigos y en aquel extraño ser, el ayudante del Conde, quien debía ser detenido, aun a costa de mi vida.

Un esfuerzo más, una vuelta y un tirón y pronto estuve completamente libre de aquella silla y sus ataduras, revisé mi herida, era solo un moretón en mi costado, hubiera sido peor si fuera más delgado pero en esa época mi estomago regordete me salvó de romperme una costilla; dejé de lado el dolor que aquel moretón me producía y salí de inmediato de aquella habitación buscando a alguien que pudiera ayudarme, que me brindara alguna respuesta lógica a aquella fantasía aterradora.

No encontré a nadie, todo estaba desierto; ni siquiera los huérfanos se encontraban en sus camas, como si todos hubieran sido sacados de aquel lugar; subí al segundo piso y me deslicé por la ventana de mi antiguo dormitorio hasta el balcón al que teníamos prohibido ir.

Era de madrugada, aun no salía el sol; sin embargo pude ver grandes masas de gente reuniéndose aquí y allá mientras que los carabineros hacían lo suyo tratando de reprimir a aquel grupo, pero no hallé rastro de ninguno de los huérfanos, ni del Conde, ni de nadie que hubiera trabajado en el orfanato. Era como si se hubieran esfumado. De pronto escuché un gemido que me hizo darme cuenta que no me encontraba solo en aquel estrecho balcón.

- Nunca tuve tiempo de soñar o imaginar – dijo aquella persona refugiándose en una esquina oscura del balcón – siempre pensé que mi destino sería morir en la calle como lo hizo mi padre en manos de la policía, sin embargo lo haré aquí en este edificio y lo haré solo.

- ¿Quién está ahí?, ¿Jorge eres tú?

- Hola flaco, me alegra no estar tan solo como pensaba

- ¿Qué sucedió aquí?, ¿Dónde están todos?

- Tantas preguntas, también tenía preguntas antes, tantas preguntas y nadie las respondía quería crear mi propio juego, mis propias leyes y cuando nadie respondía a mis preguntas, mis propias respuestas pero, pero a esto no hallo respuesta alguna – dijo mientras sacaba una pistola que tenía escondida bajo su camiseta.

- ¿Qué sucede? ¿De dónde has sacado eso?, cálmate, sea lo que sea se puede arreglar – le dije nervioso.

- No, no se puede, ya es tarde, ya sé las respuestas a las preguntas, lo vi flaco; ese “man” no es humano ¡oh por Dios ya se las respuestas! – dijo él antes de llevarse el arma a la sien; el tiro resonó por toda la ciudad que permanecía en una calma inquietante.

La sangre salpicó mi rostro, oscura, aun cálida.

Después de haber visto a aquel ser imposible esperaba poder observar como el alma de aquel muchacho, apenas unos cuantos años mayor que yo dejaba aquel cuerpo, sin embargo no vi nada más que aquellos sesos regados sobre el piso del balcón y sus ojos perdidos en el vacío de la madrugada en una extraña mueca de miedo y confusión eternizados en su rostro.

Pobre Jorge, su alma no había sido tan fuerte como la mía para soportar lo que había descubierto; luego entendí que era porque en verdad estaba solo, no tenia, como yo, alguien por quien preocuparse.

- Adiós Jorge – le susurré mientras observaba cómo a lo lejos crecía la incertidumbre del pueblo y los carabineros – ante el gran esquema de las cosas tu odioso comportamiento es insignificante – me susurré a mí mismo, sorprendiéndome por la madurez de las palabras que salieron de mi boca, mientras ingresaba por la ventana al interior del orfanato.

Me sentía extraño, libre, ligero; como si la presión de ser quien debo ser según los ojos de la sociedad se esfumara y finalmente entendiera que había algo que debía hacer antes de caer de rodillas y llorar como mi corazón lo deseaba desde que vi el cuerpo inerte de Jorge. En ese instante me fijé que junto al cadáver, casi cubierto por la sangre de Jorge, emergía un objeto brillante. Era la daga que había robado de la oficina del Conde; la tomé y corrí hacia aquel cuarto secreto. Aquella tenebrosa mina donde había entrado con Josselyn esperando hallarlos, rogando a Dios o a quien me escuchara que no me perdiera.

El piso estaba casi en tinieblas, la ruta estaba casi a oscuras, solo unas pocas antorchas permanecían encendidas mientras un silencio casi sepulcral se apoderaba del corredor.

- ¡Josselyn!, ¡Andrés! – grité sin importarme quién me oyera.

No hubo respuesta.

Solo el viento; un viento cálido y húmedo que golpeó mi rostro. Parecía señalarme el camino pero mi mente y mi corazón se hallaban confundidos, asustados para darse cuenta de aquella señal y mi voz fue aumentando su tono mientras los llamaba una y otra vez sin recibir respuesta alguna.

Finalmente me arrodillé en aquella semioscuridad y empecé a llorar, estaba solo, sucio y asustado, trate de comportarme como un adulto pero a fin de cuentas era un niño y lo peor de todo: un niño asustado; me sentía de lo peor por no poder ayudarlos, odié a mis abuelos por dejarme aquí, odié a mis padres por morirse, al Conde por ser tan débil, a la criatura por utilizarnos, pero, por sobre todo me odié a mí mismo por ser tan inútil.

No había mano que me secara las lágrimas, solo estaba yo teniéndome lástima y odiándome en aquella penumbra.

Inesperadamente, en aquel mar de lágrimas que me había convertido, un dolor agudo me sobresaltó, una de esas hormigas con alas me había picado. La observé desconcertado y me puse de pie para abrirle paso, aquel pequeño insecto me abrió los ojos; mientras yo me compadecía por toda mi corta vida, afuera había gente que me necesitaba, me abofeteé a mí mismo con ambas manos pensando en lo tonto que fui por derrumbarme de esa manera y me encaminé hacia donde el viento soplaba, estaba decidido esta vez, si antes tenía alguna duda ahora se había esfumado, si aquel pequeño insecto me había movido a mí, estaba seguro que, aun siendo un niño yo podía hacer algo con respecto a todo lo que estaba pasando en aquel lugar.

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