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6.12.24

El círculo invisible

Por: José Antonio de la uadra

 Salgo con mis manos desnudas,

Mis sueños rotos astillados entre los dedos,

A mendigar un oficio,

Una oportunidad para barrer la suciedad del mundo,

Y tal vez llenar mi panza,

Pero la puerta no se abre,

Tiene un letrero colgado que dice:

“Solo para elegidos”.

¿Qué experiencia me piden

Cuando mi experiencia es sobrevivir

En la miseria de los que nunca tuvieron un padrino,

Un tío dueño de la empresa o una familia con dinero?

El piso barrería con mis propias lágrimas

Si tan siquiera me aceptaran.

Pero ahí están ellos,

Con su sonrisa de plástico,

Su apellido como llave maestra,

Su traje de tres piezas planchado por las manos de su empleada,

Esos que nunca supieron de hambre.

Ahí están,

Cargando la herencia del privilegio,

La experiencia de no haber hecho nada.

Mientras yo,

Y tantos como yo,

Con mi diploma de barro,

Mis uñas gastadas por la necesidad,

Me quedo mirando desde afuera,

Golpeando la puerta que nunca se abre,

Esperando que algún día

El ciclo invisible se quiebre.

Pero el círculo no se rompe.

Gira y gira como una ruleta amañada,

Una lotería donde el ganador

Es siempre el sobrino del dueño.

Y yo,

Me quedo aquí,

Afuera,

Gritando contra un mundo que no escucha,

Barrido por el viento de la indiferencia.





3.7.09

La muerte sorprendio a la PoEsIa


En la literatura al igual que en la vida se crece, se vive se sufre e irremediablemente se muere pero nunca se olvida, ese es el caso de nuestro maestro y amigo Jorge Enrique Adoum quien dejo nuestro mundo para hacer un viaje sin retorno. Un gran vacío nos deja este gran poeta en el Ecuador quien desde hoy ocupa el lugar de las leyendas literarias.

Descansa en paz gran amigo, poeta y maestro.


En su honor, un pequeño pero poderoso poema sacado del Poemario EL AMOR DESENTERRADO:

Cuando ciegos o en la sombra la caricia presiente el hueso
al pasar la mano como un pañuelo que enhugara
el movimiento de rotacion del hombro,
o en el acto del amor la columna acostada de la nuca al calcañar,
es posible ir encontradndo el relieve absoluto
-negacion duradera de lo fugaz a que nos aferramos-,
besar las costillas que ignoramos a causa de los pechos,
buscar al fondo de la sagrada convexidad de la cadera
el hueso plano, espejo donde me reconozco,
morder el femur en donde estuvo el muslo,
tocar al fin por dentro la maquinaria humana
que trepida y no solo la que suda,
con la misma ternura, el mismo miedo
con que en la deseperada lujuria
uno toca a la mujer, con miedo a que desvanezca
(mujer siempre de paso),
orgulloso de haberle añadido lentitud al instinto
y, como los descubridore, vamos nombrando regiones, miembros,
diciendo: planicies, hondonadas, colinas, afluentes,
valles, montañas, lago entre dos ramales:
terminos sustantivos de una facil geografia de retorcida pereza
porque no conocemos el esqueleto de la mujer sino el paisaje.



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