Para entender las grietas del mapa literario reciente en Ecuador hay que volver al origen. En orden de comprenderlo mejor debo rememorar la primera versión de la Feria del Libro que se abrió en la ciudad de Guayaquil como una iniciativa de carácter privado organizada anualmente en el Palacio de Cristal del Malecón 2000. Tuve la oportunidad de participar en esa etapa como autor junto a la agrupación Buseta de Papel a la que pertenecía. Tiempo después, por cuestiones que desconozco un nuevo grupo formo otra versión de la Feria del Libro (FIL) en Guayaquil haciéndolo más grande en el antiguo aeropuerto, ahora Expoplaza y el modelo fue transformándose paulatinamente hasta lo que conocemos hoy.
Cuando la FIL de Guayaquil se iba expandiendo, Quito, que siempre se ha jactado de ser el centro de la cultura de este pequeño país, también empezó a levantar su propia propuesta con una versión parecida la Feria Internacional del Libro, articulada desde el sector público y las cámaras editoriales. Décadas más tarde, al mirar el panorama completo, salta a la vista un síntoma revelador en estas grandes marcas institucionales. No me refiero al circuito independiente o a las ferias locales más pequeñas (que, con presupuestos menores, suelen conectar mucho mejor con la comunidad), sino al desempeño de las denominadas "FIL" en Ecuador y a lo que han ofrecido y dejado de brindar a lectores y escritores.
FIL QUITO, entre hermetismo y falta de estímulos.
La Feria Internacional del Libro de Quito tiende a replegarse en una estructura rígida. Sus mesas de diálogo suelen pecar de un tono protocolario, dominado por círculos cerrados y autores de trayectoria tradicional, dejando al margen a las nuevas generaciones de narradores y a las propuestas emergentes.
A esta barrera generacional se suma una difusión deficiente de las actividades de verdadero valor las cuales muchas veces terminan pasando desapercibidas por la ausencia de una estrategia clara de comunicación en redes sociales, prensa o medios masivos. Ya sea por recortes de presupuesto o por improvisación en el cronograma, el evento termina hablándose a sí mismo. A esto se añade la ausencia de un concurso literario o estímulo propio dentro del marco ferial que sirva de plataforma para la creación nacional.
La FIL Guayaquil entre figuras mediaticas, caos y la fragilidad de los premios.
Por su parte, la Feria del Libro de Guayaquil ha sabido arriesgarse en la mediación lectora, integrando tanto a autores de trayectoria como a escritores emergentes(aunque a estos no dandoles tanto apoyo como a los más destacados). Además de convocar a niños, jóvenes y nuevos públicos mediante espacios participativos. Sin embargo, su política de invitados muestra ciertas fallas, posiblemente ligadas a limitaciones de presupuesto. Si bien el evento ha recibido a figuras de peso internacional como Haruki Murakami, su cartelera recurre con frecuencia a perfiles mediáticos cuya relevancia literaria ha disminuido con los años, o bien a invitados seleccionados más por resonancia ideológica que por propuesta narrativa; una tendencia que, por fortuna, no define a la totalidad de sus participantes extranjeros.
Pero el mayor tropiezo reciente es la interrupción del Concurso de Novela Corta Miguel Donoso Pareja. Este certamen ha sido históricamente un faro para la narrativa ecuatoriana y que la FIL lo pause o lo deje fuera de su edición evidencia la fragilidad de depender del vaivén político o presupuestario del cabildo de turno, algo que frena el impulso a la literatura local.
Grietas por corregir para construir un ecosistema real
Para que una FIL deje de ser solo una góndola comercial o un trámite administrativo, en especial en su versión quiteña, la gestión cultural debe apuntar a cambios estructurales como:
l Desarmar el exceso de protocolo: Abrir las mesas de diálogo a voces jóvenes, formatos independientes y debates estéticos contemporáneos, superando la sola foto institucional.
l Comunicación clara y a tiempo. Publicar el horario con mucha anticipación en canales digitales y medios. Así el público puede organizar su visita sin apuro.
l Reanudación y blindaje de concursos: Exigir que Guayaquil restablezca de forma permanente el Premio Miguel Donoso Pareja y que Quito articule certámenes equivalentes. Ambos deben estar respaldados por fideicomisos o comités independientes para evitar su desaparición ante cada reajuste presupuestario.
l Aprender del circuito independiente: Mirar la dinámica de las ferias pequeñas del país, donde la cercanía entre el autor, la editorial independiente y el lector crea un ecosistema cultural real y duradero.
l Restablecer los incentivos y democratizar las mesas de diálogo no es una exigencia menor; es la única vía para que las ferias del libro en Ecuador cumplan su propósito con quienes leen y con quienes escriben.

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