Mostrando entradas con la etiqueta capitulo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta capitulo. Mostrar todas las entradas

1.1.17

LA LLAVE DE LUZ (fragmento)

PRIMER LIBRO


EL NIÑO SIN MEMORIA


Al principio, cuando no existían presente, pasado o futuro y todo era un solo momento; en ese instante se escribió una historia ya olvidada la cual se inició una noche de luna llena en las inmediaciones de uno de los bosques más perfectos y verdes del continente de Sorián.
En ese lugar empezó el recorrido un único protagonista; un niño de extraña apariencia que no recordaba quién era. Solo recordaba el terror que abrigaba su corazón; antes de morir de miedo y soledad fue rescatado por manos gentiles que lo guiaron a una cama mullida y un cálido fuego que calmaron su temeroso corazón haciéndolo dormir profundamente y entre sueños suspiraba inconsciente: “Estoy solo, nadie me quiere y estoy solo.”
-       Calma mi niño, todo estará bien – le susurraba una suave voz, despertándolo del profundo sueño en el que había caído.

Todo se desvaneció de la mente del muchacho llevándose aquellos recuerdos hasta que finalmente  abrió sus ojos fijándolos en un techo extraño que no reconocía.
-       Que bien que estés despierto, ahora me dirás qué te pasó - dijo una voz que provenía del exterior de la habitación donde descansaba el chico.

Una figura vestida con una túnica blanca y de apariencia rolliza entró a la habitación con una charola llena de manjares para él, los cuales, en cuanto los vio los devoró sin demora, a vista y paciencia de la sonriente mujer quien parecía ser hecha de cristal por la suavidad de su piel.

-       ¿Dónde estoy? - preguntó el joven sin dejar de devorar su comida.
-       Estás en mi casa, soy Edorin, protectora de los bosques del este –decía la joven mujer, mientras se sentaba en una silla de mimbre.
-       Yo creo reconocer ese nombre – se dijo a sí mismo el muchacho dejando de comer.
-       Es difícil que alguien no conozca a uno de los elfos más antiguos de la tierra.

Cuando escuchó esas palabras sus ojos se abrieron de par en par y observó las dos orejas puntiagudas que sobresalían por entre el cabello rubio de la mujer.

-       ¡Eres un elfo! - exclamó sorprendido.
-       Lo soy en verdad, de lo contrario nunca hubiera podido curar tus heridas, que eran de por sí mortales. ¿Me dirás quién te las hizo?
-       No lo sé, todo está muy confuso, recuerdo muy pocas cosas de mi pasado – decía, mientras se rascaba su cabeza aun adolorida.
-          Entonces tendremos que averiguarlo poco a poco, ¿recuerdas tu nombre?
-          La verdad es que no recuerdo nada de mí.
-          Bien pues te daré un nombre  –dijo la joven dama con una sonrisa – Me recuerdas a alguien que conocí hace tiempo ya, te llamaremos: Kishiro, si estás de acuerdo en ello.
-          En realidad, hubo un nombre que recuerdo, no sé si es el mío, pero en mi sueño era como si lo fuera.
-          ¿Y cual será ese?

-          Laitalë.


25.12.10

Los Niños del Abismo(Cap. 12)


-12-

El anciano se quedó en silencio observando, perdido, sus manos llenas de cayos y arrugas mientras meditaba en lo que acaba de decir.

- ¿Qué sucedió después? – insistió Jackie.

- Es difícil recordar ciertos detalles – masculló mientras elevaba su rostro observando la compungida cara de la joven – todo parece un sueño y a veces una pesadilla, sin embargo fue real.

- Por favor, Manuel, dígame qué pasó

Jackie acercó su asiento más cerca del viejo mientras este suspiraba tratando de recordar más sobre aquel incomodo pasado, mientras el viento húmedo y frío anunciaba que la noche se acercaba.

La habitación estaba en absoluta oscuridad, lo recuerdo ahora; mis ataduras estaban aprisionándome tan fuerte que por momentos sentía como me cortaban la circulación; sin embargo sabía que debía hallar a Josselyn y a Andrés, algo en mi interior me decía que lo hiciera antes de que fuera tarde. Traté de liberarme moviéndome de un lado a otro hasta que finalmente la silla perdió su balance y cayó al piso.

Sentí un suave alivio en mí y un dolor punzante unos segundos después, supe que estaba herido pero que me había liberado. No pensé en mi herida. Pensé en mis amigos y en aquel extraño ser, el ayudante del Conde, quien debía ser detenido, aun a costa de mi vida.

Un esfuerzo más, una vuelta y un tirón y pronto estuve completamente libre de aquella silla y sus ataduras, revisé mi herida, era solo un moretón en mi costado, hubiera sido peor si fuera más delgado pero en esa época mi estomago regordete me salvó de romperme una costilla; dejé de lado el dolor que aquel moretón me producía y salí de inmediato de aquella habitación buscando a alguien que pudiera ayudarme, que me brindara alguna respuesta lógica a aquella fantasía aterradora.

No encontré a nadie, todo estaba desierto; ni siquiera los huérfanos se encontraban en sus camas, como si todos hubieran sido sacados de aquel lugar; subí al segundo piso y me deslicé por la ventana de mi antiguo dormitorio hasta el balcón al que teníamos prohibido ir.

Era de madrugada, aun no salía el sol; sin embargo pude ver grandes masas de gente reuniéndose aquí y allá mientras que los carabineros hacían lo suyo tratando de reprimir a aquel grupo, pero no hallé rastro de ninguno de los huérfanos, ni del Conde, ni de nadie que hubiera trabajado en el orfanato. Era como si se hubieran esfumado. De pronto escuché un gemido que me hizo darme cuenta que no me encontraba solo en aquel estrecho balcón.

- Nunca tuve tiempo de soñar o imaginar – dijo aquella persona refugiándose en una esquina oscura del balcón – siempre pensé que mi destino sería morir en la calle como lo hizo mi padre en manos de la policía, sin embargo lo haré aquí en este edificio y lo haré solo.

- ¿Quién está ahí?, ¿Jorge eres tú?

- Hola flaco, me alegra no estar tan solo como pensaba

- ¿Qué sucedió aquí?, ¿Dónde están todos?

- Tantas preguntas, también tenía preguntas antes, tantas preguntas y nadie las respondía quería crear mi propio juego, mis propias leyes y cuando nadie respondía a mis preguntas, mis propias respuestas pero, pero a esto no hallo respuesta alguna – dijo mientras sacaba una pistola que tenía escondida bajo su camiseta.

- ¿Qué sucede? ¿De dónde has sacado eso?, cálmate, sea lo que sea se puede arreglar – le dije nervioso.

- No, no se puede, ya es tarde, ya sé las respuestas a las preguntas, lo vi flaco; ese “man” no es humano ¡oh por Dios ya se las respuestas! – dijo él antes de llevarse el arma a la sien; el tiro resonó por toda la ciudad que permanecía en una calma inquietante.

La sangre salpicó mi rostro, oscura, aun cálida.

Después de haber visto a aquel ser imposible esperaba poder observar como el alma de aquel muchacho, apenas unos cuantos años mayor que yo dejaba aquel cuerpo, sin embargo no vi nada más que aquellos sesos regados sobre el piso del balcón y sus ojos perdidos en el vacío de la madrugada en una extraña mueca de miedo y confusión eternizados en su rostro.

Pobre Jorge, su alma no había sido tan fuerte como la mía para soportar lo que había descubierto; luego entendí que era porque en verdad estaba solo, no tenia, como yo, alguien por quien preocuparse.

- Adiós Jorge – le susurré mientras observaba cómo a lo lejos crecía la incertidumbre del pueblo y los carabineros – ante el gran esquema de las cosas tu odioso comportamiento es insignificante – me susurré a mí mismo, sorprendiéndome por la madurez de las palabras que salieron de mi boca, mientras ingresaba por la ventana al interior del orfanato.

Me sentía extraño, libre, ligero; como si la presión de ser quien debo ser según los ojos de la sociedad se esfumara y finalmente entendiera que había algo que debía hacer antes de caer de rodillas y llorar como mi corazón lo deseaba desde que vi el cuerpo inerte de Jorge. En ese instante me fijé que junto al cadáver, casi cubierto por la sangre de Jorge, emergía un objeto brillante. Era la daga que había robado de la oficina del Conde; la tomé y corrí hacia aquel cuarto secreto. Aquella tenebrosa mina donde había entrado con Josselyn esperando hallarlos, rogando a Dios o a quien me escuchara que no me perdiera.

El piso estaba casi en tinieblas, la ruta estaba casi a oscuras, solo unas pocas antorchas permanecían encendidas mientras un silencio casi sepulcral se apoderaba del corredor.

- ¡Josselyn!, ¡Andrés! – grité sin importarme quién me oyera.

No hubo respuesta.

Solo el viento; un viento cálido y húmedo que golpeó mi rostro. Parecía señalarme el camino pero mi mente y mi corazón se hallaban confundidos, asustados para darse cuenta de aquella señal y mi voz fue aumentando su tono mientras los llamaba una y otra vez sin recibir respuesta alguna.

Finalmente me arrodillé en aquella semioscuridad y empecé a llorar, estaba solo, sucio y asustado, trate de comportarme como un adulto pero a fin de cuentas era un niño y lo peor de todo: un niño asustado; me sentía de lo peor por no poder ayudarlos, odié a mis abuelos por dejarme aquí, odié a mis padres por morirse, al Conde por ser tan débil, a la criatura por utilizarnos, pero, por sobre todo me odié a mí mismo por ser tan inútil.

No había mano que me secara las lágrimas, solo estaba yo teniéndome lástima y odiándome en aquella penumbra.

Inesperadamente, en aquel mar de lágrimas que me había convertido, un dolor agudo me sobresaltó, una de esas hormigas con alas me había picado. La observé desconcertado y me puse de pie para abrirle paso, aquel pequeño insecto me abrió los ojos; mientras yo me compadecía por toda mi corta vida, afuera había gente que me necesitaba, me abofeteé a mí mismo con ambas manos pensando en lo tonto que fui por derrumbarme de esa manera y me encaminé hacia donde el viento soplaba, estaba decidido esta vez, si antes tenía alguna duda ahora se había esfumado, si aquel pequeño insecto me había movido a mí, estaba seguro que, aun siendo un niño yo podía hacer algo con respecto a todo lo que estaba pasando en aquel lugar.

21.12.10

Los Niños del Abismo(Cap. 11)



- 11 -

Hacía frío en aquel túnel, lo recuerdo bien; la semioscuridad era bastante abrumadora para alguien de mi edad, incluso para Josselyn lo era; sin embargo ella aparentaba no demostrar temor alguno, supongo que era mejor así, sé que si ella lo hubiera demostrado yo no me hubiera atrevido a seguir un centímetro más adentro de aquella tétrica caverna.

- ¿Qué es este lugar Josselyn? – le pregunté tratando de aclarar mi voz la cual se quebraba por el miedo que sentía.

- No lo sé, pero muchos de los chicos de aquí supuestamente fueron adoptados, solo espero hallar a Andrés pronto.

Caminamos por un tiempo indefinido en aquella eterna semioscuridad, hasta que hallamos una sombra solitaria que se mecía de un lado a otro en una esquina de aquella cueva, al principio no lo distinguimos bien, ninguno de los chicos que trabajaban en aquel lugar parecía tomarnos en cuenta, para ellos éramos invisibles, sin embargo aquel muchacho pareció reconocernos a pesar de la poca luz. No dijo nada, solo nos saludo, y sonrió.

- ¡Andrés! – exclamó en un susurro suave Josselyn mientras corría entre los demás chicos que escarbaban la tierra.

Yo también sonreí. El estaba vivo, sin su flauta pero vivo; caminé hacia él tratando de alcanzarlos, estar con ellos y abrazarlos pero un terrible dolor en mi cabeza me impidió caminar más; todo se fue oscureciendo, de aquel momento recuerdo poco, flashes tan solo: Josselyn corriendo hacia mí preocupada, Andrés contra la pared con una asustada expresión, una mano como garra sosteniéndome y finalmente sangre cayendo ante mis ojos para finalmente caer en una infinita oscuridad.

- ¿Qué pasó?, ¿Qué sucedió después? – exclamó Jackie.

Manuel Sonrió.

- Ten paciencia, ¿Quieres que lance el plato principal sin disfrutar por completo el entremés? – preguntó este acomodándose en su silla.

- Tiene razón – dijo ella entendiendo aquella curiosa pregunta – siga por favor, lo escucho.

La oscuridad pudo durar una eternidad por lo que sabía; solo sé que al despertar me encontraba atado a una silla, estaba solo o por lo menos eso creía yo, podía escuchar el chisporrotear del fuego, una chimenea me calentaba; apenas podía ver bien y aunque tenía la vista nublada traté de buscar a Josselyn y a Andrés en aquel lugar, pero no los encontré.

- No están aquí – me dijo una voz que no reconocí al principio.

- ¿Quién, quién está ahí?

- Ten calma muchacho – me respondió acercándose a mí, mostrándose ante mí, sonriente – siento mucho lo de tu cabeza, tuve que hacerlo para que vinieras aquí sin ningún inconveniente.

- ¡Tú! – exclamé al ver al Conde sonriente y pulcro sosteniendo con ambas manos el bastón con el que me había golpeado - ¿Qué demonios está sucediendo aquí?

- ¿Aquí?, ¡oh! Mi querido muchacho en estas tierras, en este mundo sucede demasiado para ser contado en el poco tiempo que tenemos, en cualquier caso si fueras otro me hubiera asegurado de desaparecerte como a los demás que se interpusieron en mi camino, pero tú eres diferente, me recuerdas a mí cuando tenía tu edad.

- No, no soy nada como tú, yo no estoy loco – exclamé.

- ¿Loco?, eso depende del punto de vista, lo que a ti te parece locura a cualquier otro le puede parecer genialidad, déjame meditar en tu situación, eres un exiliado de sangre azul, un noble entre la escoria sin embargo tu propia familia te rechazó.

Las palabras del Conde calaban en mi corazón como un puñal en mi pecho, no podía negar nada de lo que decía, solo retorcerme en mis ataduras evitando que el llanto emergiera de mis ojos.

- Estoy llegando a una fibra delicada – sonrió el Conde levantando mi rostro y observándolo – como verás nos parecemos más de lo que crees mi niño, en casi todo; excepto que yo no me detendré ante nada para obtener lo que deseo.

- ¿Y qué mierda quieres, qué justifica toda esta pesadilla?

- ¡Venganza por supuesto! – exclamó – un secreto me fue confiado cuando estudiaba confinado en un monasterio, alejado de mi familia, despreciado por ser el hijo de un conde y una de sus criadas, ahí descubrí la llave para abrir una puerta que me brindará poder y eternidad – el Conde abrió sus ojos mientras se vislumbraba un dejo de locura en sus pupilas – si, aun recuerdo bien las palabras de ese libro:

La media luna: señor de la noche perpetua; La estrella: señor de la luz agonizante; El ave negra: el señor de los huesos calcinados; El ojo: el señor de la última mirada; La flor: el señor del silencio perpetuo; La mariposa: el mensajero del fin. Los símbolos de aquellos seres estarán a flor de piel…

- ¿De qué demonios está hablando? ¿Qué es lo que pretende en verdad y por qué aquí?

- Esa es una historia muy larga, veras…

- ¡Conde! – exclamó una voz profunda y tétrica que lleno todo el salón en el que yo y aquel sujeto nos encontrábamos – ya ha dicho suficiente, por favor deje la habitación.

- Si, si, tienes razón debo retirarme, estoy tan cansado – susurró el Conde secándose el sudor de su cabeza mientras se encaminaba lentamente fuera de mi visión.

Una sombra oscura se apoderó de la habitación, incluso el fuego que calentaba la estancia húmeda se apagó y el lugar quedó en una azulada oscuridad. Mi piel sudada por el calor del lugar se fue enfriando cuando aquella sombra se acercó hacia mí.

- Veo que al fin alguien descubrió nuestra pequeña maniobra, sin embargo nunca pensé que fueras tú – dijo aquella sombra sonriéndome desde la oscuridad.

- ¡Tú! – exclamé, sorprendido al ver al joven asistente del Conde con la escasa luz que quedaba.

El me observó sonriente con su mirada fría y sin vida mientras esbozaba aquella tétrica sonrisa.

- Los mortales no entienden la verdadera medida del universo, se limitan a sus absurdas historias y se dejan manipular por otros humanos más poderosos – reflexionaba, mientras observaba cada uno de los objetos de la habitación.

Lo examiné con mi mirada, intrigado por su acción y las palabras que me había dicho recién, trataba de entender los motivos por lo que hacía todo esto, pero no lo entendía por completo, ¿ambición, venganza? Era difícil saber.

- ¿Qué quieres?, ¿Qué eres? – pregunté finalmente.

El me sonrió más. Fue una sonrisa vacía y malévola, al punto que casi me orino del miedo.

- ¿Qué quiero? – me repreguntó – lo que todos quieren: libertad; y sobre qué soy, pues, la respuesta es mucho más complicada de lo que crees, ¿de veras quieres la respuesta a la segunda pregunta?

Tragué saliva y me quedé en silencio pensando por unos segundos hasta que finalmente dije:

- Sí, quiero saberlo.

- Tienes el honor de que me presente ante ti, en eones no lo he hecho ante humano alguno; en épocas pasadas me llamaban Zulkuk, el devorador de almas, fui uno de los Dioses elementales en el gran principio que gobernaban grandes extensiones del universo oscuro; nuestra presencia solo era distinguible por nuestras marcas sagradas, hasta la gran batalla en la que perdimos nuestro corazón que era de uno y de todos – susurró finalmente, mientras su mirada se perdía en recuerdos estremecedores.

La habitación se sintió un poco más fría que antes y su piel pálida parecía casi transparente, podía apreciar sus venas y arterias con gran facilidad.

Mi cuerpo se estremeció ante la presentación de aquel ser, había develado su secreto ante mí sin ningún preámbulo destruyendo los preceptos con los que había sido criado, se me hacía difícil captar las palabras de aquel ser y no asociarlas con Satanás y Jesucristo; después de todo aun era un niño y era demasiado para mí entender todo lo que había visto y escuchado hasta el momento.

- Se te hace difícil entenderlo, ¿verdad? – me dijo finalmente Zulkuk acercándose a mi rostro, al punto que pude sentir su fétido aliento en mis fosas nasales.

- Yo… si… no lo entiendo, por favor déjeme en paz – balbuceé.

- Por supuesto que no lo entiendes, eres tan solo un pequeño y un humano además.

- Debo admitir que a pesar de los años aun se me hace difícil entender sus palabras y la explicación que dio a continuación.

- Por siglos lo he buscado, condenado a permanecer en estas tierras, lejos de los míos pero ahora que estoy tan cerca no permitiré que nadie se interponga así tenga que usar el poco poder que me queda para frenarlos – masculló arrodillándose ante el congelado fuego y observándolo con una extraña fascinación.

- ¿Qué es lo que buscas que valga la pena toda esta pesadilla?

- Mi corazón niño, busco mi corazón; muchos lo conocen como un amuleto, pero dicho objeto aparte de dar infinito poder a su poseedor, me dará la oportunidad de abrir la puerta que separa ambos mundos para unirlos otra vez como uno solo. ¡Pronto los grandes colosos olvidados regresarán a traer paz y justicia a los impíos! – exclamó con notable excitación en todo su ser.

- Estás loco, eso que quieres hacer es malo, la gente se dará cuenta, te detendrá – susurré asustado.

El me miró sorprendido por mis palabras y trató al principio de contener su risa, pero finalmente no pudo más y estalló en una sonora carcajada para luego calmarse y sentarse en una silla al frente de mí y observarme con fascinación.

- He estado buscándolo por más de tres mil años, ¿crees que alguien se ha dado cuenta?, los humanos son demasiado estúpidos; en este momento el presidente de este país ha llevado a su población a una desesperación casi total y está al punto de una enfrentamiento armado, nadie se daría cuenta de mi surgimiento, están muy ocupados con sus propias patéticas vidas.

Tragué saliva y lo miré de forma dura; supe en ese momento que tenía razón pero no lo quise admitir solo permanecí en silencio, hasta que recordé a mis amigos.

- ¿Dónde están Josselyn y Andrés?, ¿Qué has hecho con ellos?

Mi pregunta pareció divertirlo de nuevo y levantándose de la silla en la que se había sentado tomó una copa de brandy y luego de probar el licor se despidió de mí con un “buenas noches” para luego cerrar la puerta con llave y dejarme en la oscuridad de aquella habitación con aun más preguntas que al principio.


10.11.10

Los Niños del Abismo Cap. 10


- 10 -


Eran las diez de la noche, todos estaban dormidos. Los niños que habían sido separados para ser enviados a Europa con nuevas familias estaban en una sala especial para que se acostumbraran a la separación de los otros huérfanos, el lugar permanecía vigilado por guardias regordetes de aspecto temible y desaliñados, Josselyn y yo nos deslizamos de nuestros respectivos cuartos hacia aquella sala con el amparo de aquella noche sin luna, gracias a eso podíamos estar a unos cuantos metros de aquellos guardias sin que se percataran de nuestra presencia.

-          ¿Estás seguro que podremos hacerlo? – me susurró Josselyn nerviosa
-          No te preocupes – le dije al tiempo que lanzaba un par de piedras para distraer a los guardias – ahora corre hacia la puerta.

Al llegar a la puerta vimos con horror que tenía un gran candado y una gruesa cadena que la cerraba, Josselyn se puso más nerviosa de lo que ya estaba, por unos segundos tuve que taparle la boca para que no gritara y sostenerla para que no cayera.

-          No te preocupes, todo saldrá bien – le dije mientras la sentaba contra la puerta y tomaba un tubo oxidado que encontré en un rincón del lugar

Caminé un poco tratando de ubicar a alguno de los guardias con la esperanza que tuvieran la llave, mis manos temblaban en aquella oscuridad, me imaginaba a aquellos inmensas moles de grasa acechándome y aquella idea me crispaba los nervios; era un niño todavía, no estaba acostumbrado a esto, demonios, aun me estaba acostumbrando a la idea de que mis padres habían muerto y no los vería más.
Mientras aquellos pensamientos surcaban, mi mente una inmensa sombra se posó a mis espaldas llamándome, aquella voz a la que no reconocí me hizo sobresaltar y lo primero que atiné a hacer fue golpear con aquel tubo lo que tenía delante, haciendo que aquella sombra cayera de una sola vez al piso gimiendo del dolor. Era uno de los guardias. Cuando observé que había golpeando a aquel monstruo en la entrepierna y que había soltado un gran manojo de llaves las tomé sin pensarlo dos veces y corrí hacia donde Josselyn se encontraba.

-          Levántate. ¡Vamos, arriba! – le insistí, nervioso porque el otro guardia nos fuera a descubrir mientras buscaba la llave adecuada para aquel gran candado.
-          No lo lograremos, quiero verlos, quiero a Andrés, a Carolina pero sé que no lo lograremos, lo sé – se lamentaba Josselyn observando nerviosa a todos lados.

Mis manos temblaban mientras trataba de conseguir la llave correcta y Josselyn no ayudaba en nada en aquella situación. Unos pesados pasos resonaban en aquella oscuridad y mi corazón empezó a golpearme como un tambor; finalmente encontré la llave adecuada.

-          ¡Vamos ya está!
-          Pero estaremos encerrados, no habrá salida, sabes los castigos que se aplican aquí si desobedeces, has escuchado los gritos – gimió mi amiga.
-          No importa, solo entra – le dije empujándola en el interior de la habitación mientras entraba yo también y cerraba la puerta por dentro.

Un viento frío nos llegó al momento en que cerré la puerta. Parecía venir del interior mismo de la sala, nos dimos la vuelta poco a poco temiendo lo que pudiera haber detrás de nosotros. Al observar detenidamente apreciamos que aquel lugar no era un cuarto o una simple sala: era la entrada a otro lugar, una entrada excavada muy profundo en la tierra en donde se escuchaban golpes de picos y palas;  lo único que iluminaba el lugar eran dos antorchas a los lados de aquella entrada.

-          ¿Qué es este lugar? – preguntó Josselyn observando aquella extraña cueva y el oscuro agujero que descendía a través de escaleras hacia un lugar desconocido.
-          No lo sé, pero aquí es donde está Andrés así que por aquí iremos – respondí olvidando el miedo que me corroía las entrañas.

Descendimos por aquel oscuro túnel hasta vislumbrar puntos luminosos más allá, al tiempo que escuchábamos voces diferentes que llegaban a nuestros oídos, primero como murmullos y frases que no entendimos acompañadas de golpes de picos y palas, luego conversaciones reales y gemidos ahogados.

-          ¿Qué es este lugar? – le susurré a Josselyn inquieto.
-          No lo sé.

Seguimos adelante y observamos a los jóvenes, quienes supuestamente estarían preparándose para ir con sus nuevas familias, en ropa interior y algunos desnudos trabajando como mineros. Sudados, cansados, algunos llorando a la luz de las lámparas de querosén que habían reemplazado a las antorchas que nos habían dejado atrás.
Una figura musculosa y pelada surgió de la oscuridad, acompañado de un delgado personaje cubierto con una larga bata con capucha. Ambos examinaban a sus pequeños trabajadores con sumo desdén y placer.

-          Señor, ¿qué es este lugar?, ¿no deberíamos ir a misa? – preguntó uno de los pequeños jalando la sotana del sujeto cubierto.
-          ¿Misa? – preguntó el personaje descubriéndose el rostro mientras se dejaba ver el asistente del Conde, al tiempo que observaba al pequeño de pies a cabeza con su cuerpecito sudado, tembloroso y desnudo – puedo soportar esas mierdas afuera pero aquí no acepto que nombren a esos drogadictos con sotana mal paridos que llaman curas, aquí hablas con Dios o con el Diablo directamente, si no te gusta puedes hablar con mi falo que te escuchara mejor que esos dos juntos.
-          Pero, pero...
-          Te aseguro mi niño – le susurró aquel joven sonriéndole de una forma casi diabólica – que no importa qué te hayan dicho esos maricas con vestido, sus reglas y pecados son auto torturas para compadecerse y frenar la libertad de los hombres, aquí harás lo que yo diga cuantas veces lo diga.

Diciendo estas palabras se volvió a poner la capucha y dirigiéndose al forzudo calvo le dijo:

-          Procura que se alimenten bien, maltrátalos si es necesario para que trabajen pero no los mates, los necesitamos por ahora; estamos demasiado cerca para demorarnos más por otra muerte en estos túneles.
-          Mmm… – fue la respuesta del forzudo hombre calvo mientras a empujones les incitaba a seguir trabajando.

Aunque la escena me hizo temblar, con el tiempo pude entender las palabras del asistente para con los dirigentes de las religiones, especialmente la católica, mas, nos estamos desviando del tema.

Aquellas dos personas se alejaron de los chicos desapareciendo en las sombras de la mina mientras ellos volvían a trabajar escarbando las entrañas de la tierra entre sollozos y suspiros.

-          Necesitamos encontrar a Andrés – me susurró Josselyn mientras me sacudía ligeramente.
-          Claro, ¿pero cómo? – le pregunté mientras confirmaba con una rápida mirada que  ninguno de los tres que estaban trabajando allí era Andrés.
-          Deberemos buscarlo en silencio.
-          ¡Estás loca! – exclamé tratando de no gritar - esta cueva tiene cientos, tal vez miles de kilómetros excavados, ¿cómo lo encontraremos?, ¡Dios santo! solo somos niños, esto es demasiado para nosotros.
-          Debemos intentarlo flaco, si no somos nosotros no habrá nadie más, recuerda, somos huérfanos, a nadie más le importa nuestro destino – me respondió ella observándome con un fuego contagioso en sus ojos negros.
-          De acuerdo – le susurré mientras ambos nos escabullíamos entre las sombras del lugar y las rocas de los alrededores - ¿qué hay de ellos? – le pregunté observando a los tres muchacho que seguían trabajando como si no nos hubieran sentido siquiera.
-          Déjalos, si podemos volveremos por ellos, no hay razón para darles falsas esperanzas.

Asentí con la cabeza entendiendo sus palabras y nos adentramos en aquel gigantesco lugar buscando a Andrés resguardados por las sombras y las rocas.

El anciano se detuvo, lanzó un gran suspiro y no dijo más, parecía perdido en sus recuerdos.

-          ¿Sucede algo? – preguntó la joven desconcertada por aquella súbita interrupción del anciano.
-          Son tantos, tantos recuerdos, es difícil decirlos ahora, los he guardado por tanto tiempo – gimió llevándose la mano a su pecho.
-          Podemos detenernos si quiere, se está haciendo tarde, supongo que está cansado.
-          No, disculpa, tienes derecho a saber toda la historia, además apenas son las cinco de la tarde, tenemos toda la noche para contar la mejor parte.- dijo el anciano sonriéndole.
-          ¿La mejor parte?
-          Créame, el final de esta historia será definitivamente la mejor parte.

Entrada destacada

¿Ebooks para latinoamerica?

Adoro el olor de los libros. El sentir la portada de los libros, comics o novelas gráficas en mis manos es algo casi mágico que crea una c...