Las luces amarillas de los postes se encendían mientras
la lluvia aumentaba su intensidad, haciendo que la poca gente que jugaba fútbol
en las calles corriera a refugiarse en sus casas. Un olor a moho viejo y orina
rancia flotaba bajo el enorme puente que los locales llamaban “de la A”. Las
personas, tanto dentro de sus hogares como los borrachos bajo el puente,
empezaban a sentir sueño, arrullados por el rumor de la tormenta que parecía intensificarse
con cada minuto.
La única persona que se negaba a cerrar los ojos,
cubierto con cartones pegajosos y una manta que olía a perro muerto, era un
delgado joven de piel oscura y cabello zambo desaliñado. Sus enormes ojos
negros, cansados de tantos años sin hogar, estaban fijos en un porro de
marihuana que fumaba con delicadeza, rogando para que no se apagara, mientras
hablaba en voz baja tratando de recordar su vida antes de las calles.
-
Te
extraño, viejita – murmuró, cerrando los ojos al recordar la última vez que
tuvo el valor de visitar su tumba.
Eran las últimas horas de la tarde en el Cementerio
General. Había logrado entrar saltando la reja desde el cementerio de los
extranjeros, esquivando a los guardias como un gato más del camposanto. Avanzó
entre las tumbas hasta llegar al nicho donde su madre descansaba. No pudo
asistir al velorio, porque incluso en esa época pasaba más tiempo en la calle
que en casa. Fue recién al visitar la tumba cuando la ausencia de su madre se
volvió algo real. Bajó la cabeza, rezó en silencio y le juró al cielo, o a
quien quisiera escucharlo, que se convertiría en alguien mejor.
Han pasado tres meses desde entonces, y su vida sigue
igual. Tal vez peor. Aún consume, roba y busca en la basura para sobrevivir.
-
Bien
decía mi mami, me decía: “Josué, usted,
si no estudia, no va a terminar en nada bueno”. Y dale… aquí estoy, en la
mierda.
En la cuadra nadie usaba su nombre; todos le decían “el quejadito”
por su manera de hablar llorando, siempre buscando un dólar, un cigarro, una
excusa. Robaba celulares en los buses cuando conseguía algo de ropa decente
para no ser rechazado de inmediato. Cada vez que saltaba el torniquete lanzaba
su discurso, esperando que los pasajeros sintieran lástima:
-
Buenas,
damita y caballero, mi intención no es de molestar… yo sé que pagan su pasaje
para no ser interrumpidos…
Pero la mayoría ya conocía la cantaleta y si no conseguía
lo que esperaba, terminaba sacando un cuchillo y robando al pasajero más confiado,
para desaparecer luego por horas entre las calles alternas, corriendo hasta
perderse de vista de los policías que, cansados, se negaban a hacer su trabajo.
-
Déjalo,
ese ya se nos perdió – murmuraban a veces los oficiales.
Mientras recordaba la última visita a su madre y otros
sucesos recientes, un trueno rasgó el cielo. El estallido fue tan cercano que
tembló el cemento en el que estaba sentado, haciéndolo ponerse de pie y
acercarse a la entrada observando el cielo riendo como tonto, en respuesta otro
trueno retumbo en el firmamento cubierto de nubes haciéndolo retroceder y caer
de nalga. Un zumbido quedó en sus oídos, como si alguien susurrara desde el
fondo de una concha de caracol. El aire se volvió espeso, y entre el muro de
agua una figura pareció tomar forma.
-
¿Qué…
qué chucha? ¿Ya estoy voladote? – balbuceó,
lanzando el cigarrillo y poniéndose de pie.
La silueta dio un paso hacia él revelando antes sus ojos
enrojecidos a un hombre alto, de tez morena, torso desnudo, pantalón blanco que
parecía brillar, músculos marcados y ojos claros fieros que parecían brillar en
la oscuridad. Llevaba collares de cuentas rojas y blancas que tintineaban al
ritmo de sus pasos.
-
No tengas miedo, Josué. Yo te conozco desde antes que
nacieras. Soy Changó. Soy el trueno que parte la injusticia. Soy el tambor que
no se deja callar. Soy la voz de los tuyos: los olvidados.
Una mueca de asombro y miedo se dibujó en el rostro del
joven. Quiso correr, pero las piernas no le respondían. El hombre estiró la
mano y tocó su frente con dos dedos gruesos. Una intensa descarga eléctrica
recorrió su cuerpo mientras la voz del extraño retumbaba dentro de él.
-
No naciste para andar como cucaracha entre las sombras.
Tienes algo especial, aunque tú mismo no lo creas.
El muchacho retrocedió vomitando bilis, sangre y otras
sustancias nauseabundas, sintiéndose libre por primera vez en mucho tiempo.
-
No
sé qué carajo está pasando – gritó –. ¡Yo no sirvo pa’ nada!
-
Para ser mi mensajero, tuviste que caer… y desear tu
libertad. Ahora que el fuego de Changó te ha tocado, tu espíritu no te
pertenece. Levántate y ayuda a los tuyos: a los niños que duermen con hambre, a
las mujeres que lloran sin voz, a los ancianos que mendigan una funda de arroz.
Yo te concedo mi fuerza… y mi ira justa.
El chico no respondió, pero sintió algo arderle en el
pecho mientras expulsaba de su boca y poros todo el veneno que había consumido.
El primer día después de ese encuentro se alejó de sus
compañeros consumidores. Al segundo, lo atacó una fiebre que lo envolvió en
sudor. Al tercero, empezó a llorar por todo el daño que había causado. Al
cuarto día, comenzó a caminar distinto.
Alejándose de los vicios, organizó a la gente del barrio.
Consiguió que unos pastores gringos donaran ropa para los niños, que un abogado
les enseñara derechos y lo ayudara a conseguir una habitación para vivir. Poco
a poco, “el quejadito” dejó de ser un suspiro triste y se volvió un grito.
-
¿Has
visto el cambio que ha tenido “el quejadito”? – murmuraba una vecina.
-
Lo
he visto, pero ya sabes cómo es, capaz recae – contestaba otra.
-
Ojalá
que no, está haciendo tanto bien el muchacho.
Sus acciones se volvieron una causa, y sus palabras,
mezcla de promesas y esperanza, comenzaron a molestar a quienes se enriquecían
del dolor. Un concejal de apellido Blanco y corazón gris fue uno de los
primeros en resentirlo.
-
¿Por
qué nadie ha hecho nada para callarlo? – preguntó el concejal en una reunión
secreta.
-
Hemos
tratado de quitarlo del camino, pero la gente lo protege. Hasta un par de cojudos
han dado la vida por él – contestó un abogado regordete, secándose el sudor.
-
Ese
negrito anda alborotando mucho. Hay que cortarle las alas antes de que vuele
más alto.
La solicitud pasó por muchas manos. Aunque se ofrecía
mucho dinero, la gente prefería no tocarlo.
“Es un elegido por
Dios”, decían algunos.
“Hacerle daño es
pegarnos un tiro en la pata”, afirmaban otros.
Fue un niño de apenas trece años quien aceptó el trabajo.
Lo esperó una noche en la esquina de la tienda de doña Matilde. Por cien dólares
(mucho menos de lo que se ofreció a otros, pero mucho más de lo que había visto
en su vida) disparó tres veces y corrió sin volverse.
-
¡Atrápenlo!
¡Le disparó al “Quejadito”! – gritó un vecino.
-
¡Cojan
a ese hijueputa! – exclamaron otros
furiosos.
-
¡Llamen
a la ambulancia, que se nos muere! – gritó doña Matilde, sin poder contener las
lágrimas.
La sangre tibia corrió entre las grietas de la acera. No
hubo llanto, solo gritos que se disolvieron con la llovizna. La ambulancia
llegó tarde, como siempre.
-
La
bala perforó su corazón y riñones, no hay nada que hacer – dijo uno de los
paramédicos.
Cuando cerró los ojos, el chico vio al hombre de ojos de
trueno, esperándolo entre las sombras.
-
Esto
fue una mierda – dijo Josué, levantándose del suelo y mirando el vacío a su
alrededor –. Me traicionaron por billete y me mataron los mismos que quería
salvar.
-
Sí – respondió
la figura con voz grave como tambor de guerra –. Fue enviado por quienes temían lo que hacías.
-
¿Y
qué hice? Ni siquiera sé si valió la pena.
-
Sembraste algo que no pueden borrar. Otros vendrán,
seguirán tu ejemplo y serán más fuertes. Recordarán tu nombre.
El joven guardó silencio, pensativo. Luego sonrió.
-
Supongo
que tienes razón.
-
La tengo, muchacho. No soy una deidad por capricho.
-
Está
bien… pero, ¿qué pasara conmigo ahora? – preguntó.
-
Ven – dijo
Papá Changó, extendiéndole su poderosa mano –. Es tiempo de que vuelvas a ver a tu madre y a tus ancestros. Sígueme,
te lo has ganado.
Esa conversación ocurrió no solo en la frontera entre la
vida y la muerte, sino también en los sueños de quienes dormían mientras el
Quejadito se apagaba. Con el tiempo, el barrio levantó un pequeño altar donde
cayó Josué. Luego apareció otro, y otro más. Pronto, los tambores comenzaron a
sonar bajo el mismo puente, y las voces recordaron a los dioses que los esclavistas
obligaron a dejar atrás.
Las más ancianas decían que durante el invierno, cuando
las lluvias acompañaban los rayos, Papá Changó bajaba para cuidar a los jóvenes
y a los olvidados. En los muros pintaron a Josué con los brazos abiertos y relámpagos
brotando de sus manos.
Gracias a él, la gente del barrio dejó de huir. Nadie
quería marcharse ya del país, ni de la ciudad, ni siquiera del barrio. “Aquí hay esperanza”, decían. “Aquí, donde el trueno habló, aún se siente
el fuego” aseguraban otros.
En el aniversario de su muerte, a finales de junio, no
había rezos en iglesias cristianas, las mujeres bailaban al ritmo de marimba,
los muchachos rimaban versos sobre la vida y la resistencia. Al tercer baile,
el cielo retumbaba, como si agradeciera el homenaje brindando una lluvia suave
para lavar los cuerpos sudados y con cada nueva festividad una canción va
naciendo.
Canto
a Josué, el mensajero del Trueno:
(El ritmo nace de tambores, marimba y pasos sobre el
asfalto mojado.
Los viejos entonan, los jóvenes responden. La voz del
barrio se vuelve una sola.)
Coro:
Bajo el puente retumba el trueno,
Josué no muere, Josué camina.
Con fuego en el pecho y lluvia en la frente, despertando
bajo el puente.
Verso
1 (voz de los viejos):
Hijo del trueno, nieto del río,
Los tambores te llaman por tu nombre.
No hay bala que mate lo encendido,
Ni muerte que borre a los hombres.
Verso
2 (voz de los jóvenes):
En cada muro hay un rayo pintado,
En cada boca tu nombre suena.
No somos santos, somos cansados, luchando pa´ser
liberados.
Coro:
¡Changó bajó por el puente!
¡Y el pueblo subió del lodo!
Que tiemble el cielo, que el trueno siente,
La vida nació de su modo.
Verso
3 (voz del barrio unido):
No más hambre, no más miedo,
Que el trueno guía a los caídos.
Y aunque el cuerpo del chico se fue, su espíritu canta
entre los vivos.
Final:
Llueve y el puente respira,
Truena y la calle florece.
Josué camina en cada sonrisa,
El trueno nunca desaparece.












